Mitología Arberiana – La leyenda de la Reina de la Ira

Algunas notas sobre la rica mitología de los pueblos prerromanos (arbiones y mendeanos), extraídas del libro del Doctor Artús Valsán, gran estudioso del tema, Tomo III de la Enciclopedia de Folklore arberiano.

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“REINA DE LA IRA: Sobrenombre (en su faceta menos benevolente) de la diosa madre Geirtrair, divinidad superior de los pueblos asentados en el Valle de Mende en torno al primer milenio antes de Cristo… El apelativo ya es citado por Estrabón en su Geografía (…) Vrandel, en el libro I de la Historia Rerum Arberianorum, relata la leyenda de la venganza que tomó la diosa contra la colonia de Milanovi por la violación y asesinato de las sacerdotisas del culto ordenados por el procónsul de la provincia Maxima Sequanorum, Publius Mesalla: ‘en una sola noche la Reina de la Ira, arrancó la vida de todos los varones primogénitos de Milanovi, incluido el hijo recién nacido del procónsul.’ Los ciudadanos, conmovidos y espeluznados, sigue contando Vrandel, ‘mandaron que se esculpieran lápidas conmemorativas de la tragedia’ una de las cuales, pretende Bacarán (Crónica Arberiana), aún podía verse sobre el lienzo norte de la muralla de la colonia en el tiempo en que él escribía (siglo XVII), ‘como advertencia a los futuros pobladores del peligro de desairar a la diosa’… No existen vestigios de las lápidas ni documentos epigráficos o escritos que avalen la realidad del acontecimiento… (…) … Se ha llegado a creer que se trata de la alegoría de una incursión de las tribus arbionas rebeldes a Roma, en represalia contra alguna afrenta a su religión, que fue finalmente prohibida por Marco Aurelio en el 163 D.C. Palvini, que no menciona en su ‘Historia General de Arberia’ la matanza de los primogénitos, insinúa, en cambio, que el desencadenante de la ira del pueblo fue el trato indecoroso que le dispuso un tribuno de la Legión III Rética a una de las mujeres del colegio sacerdotal femenino, en cuyas manos estaba el culto de la diosa Geirtrair. Palvini dice literalmente: ‘el pueblo se lanzó contra el agresor, lo descuartizó y bebió su sangre como solían hacer en sus bárbaros ritos. Después fueron contra Milanovi entera.’ Para el doctor Fuster (Viejos dioses) esta sería la prueba irrefutable de que los arbiones practicaban sacrificios humanos, ‘un rito extendido por toda Europa central’. La carencia de fuentes historiográficas más fidedignas (no hay que olvidar que Palvini y Vrandel refunden crónicas antiguas) unido a la ausencia de corroboración arqueológica sitúan a la Reina de la Ira en el campo de lo legendario.”


GEIRTRAIR: Diosa suprema de los arbiones, de probable origen ligur, equivalente en atributos y funciones a las diosas madres de los pueblos celtas y germanos (Ertha, Dana…) Se le atribuye la creación del hombre y del universo (inscripción en un cipo en Taranis: ‘Dedicado a la Señora que nos sacó del huevo…’) (…); animales asociados: las abejas (símbolo solar), el lobo (en su faceta de diosa lunar), el perro, la rana (divinidad acuática, protectora de los manantiales), la serpiente, (diosa ctónica, reina del fuego del centro de la tierra),  Representada a veces como una mujer con serpientes en las manos (lo que la asemeja, misteriosamente, a la diosa de Creta), coraza, yelmo, túnica y lanza (hipóstasis del rayo celeste). Han aparecido figurillas de la diosa en azabache (virgen negra, visión de la luna nueva como conductora de los muertos al otro mundo o como devoradora de hombres al estilo de Kali y Anat);  en el abrigo de Borsena (Belennos) se la representa rodeada por la corte de las Nueve Doncellas guerreras, mientras realiza una incursión sobre los mortales, seguida por las almas de los difuntos, convertidas en sombras (Guerreros del Averno o Geirscaravat: el seno de  la madre).

RELIGION DE LOS ARBIONES:  “Poco conocemos acerca de las creencias del pueblo arbión; se cree que durante las edades metálicas (Bronce) se adoraba a los espíritus del bosque en torno a los stypas, o megalitos esparcidos por toda la región. Más tarde, la religión se concreta alrededor de las figuras de la Diosa Madre (Geirtrair), sus acompañantes femeninas, las doncellas de la muerte, y Luckhan (señor del firmamento) hijo y amante de la diosa, correlatos de una sociedad fuertemente matriarcal y matrilineal. (…) Los miembros del colegio sacerdotal de las Nueve se elegían entre las hijas de la casta de la Gente Pura o nobleza (estamento contemplativo semidividinizado)… (…) Se reunían junto al fuego sagrado y al Ara Magna donde tenía lugar la teofanía periódica de la diosa, ‘la puerta que comunicaba el mundo terrestre con los dominios suprasensibles’ (Palvini). Aunque la mayor parte de los historiadores lo refuta (véanse al respecto los trabajos de Andreais y Cabanearis), Palvini insiste en que se sacrificaban animales y humanos en el servicio religioso. Tan aventuradas como las de Palvini resultan las afirmaciones de Caserto vertidas en su crónica ‘El Terror de los Paganos’ según las cuales ‘los hombres, con su sangre, saciaban la sed de la diosa’, etc., etc…”

En los años 40 del siglo XX, el mago negro y arqueólogo Iulius Klaines, conocido como “Seth”,  estudió la leyenda de la Reina de la Ira, y trató de buscar restos y evidencias materiales que avalaran que realmente sucedió. He aquí un extracto de su libro sobre el tema, “Regina Irae

Y a mí me envolvía como un torbellino de imágenes (…) la decadencia de Roma, condensada en un minuto, una historia de siglos, a vista de pájaro: contemplé como el “limes” se rompía y difuminaba comido por las dentelladas de los bárbaros, edificios altivos se venían abajo, sacudidos por el terremoto del cambio… La fundación de la colonia Milanovense en el corazón del valle mendeano. Allí, sobre el Mons Vindius, el templo de la dama diosa, de nombre Geirtrair, “la que trae la venganza”, en cercanía, la fuente que mana de la roca, el altar de la Gran Madre donde tiene lugar la teofanía, y es verdad lo que yo sospechaba; el Ara es una puerta y tras ella, cuando se la riega con la sangre del sacrificio, se presentan los “terrores”. Veo a las sacerdotisas celebrando el rito de apertura. Ella llega, deslumbrante, con su luz de luna y sol, radiante como una novia. La muchedumbre alcanza el paroxismo. Hay cantos, bailes. Los hombres y las mujeres se entrelazan. El vino corre en exceso. El comercio carnal indiscriminado une a la madre con su hijo infante y a hermanos con hermanas. Tal desenfreno alegra tanto a la diosa del cielo y de la tierra que la hace ensanchar en continente… Veo a los ejércitos de Roma, atravesando los pasos de la cordillera, con la civilización a cuestas. Guerreros que han demostrado su arrojo en las campañas de Asia y África, hombres rudos cuyas sandalias llevan polvo de muchas naciones. Llegan a Arberia… En torno al “cardo” y al “decumano”  prospera Milanovi pero el culto se ha extendido y altos próceres caen en sus garras. Las nuevas costumbres no traen el orden. Niños y jóvenes desaparecen. La curia decide que hay que poner fin a tales excesos: se envía recado al procónsul Publio Mesalla, de la Sequanense, quien ordena acabar con el poder de las sacerdotisas de la vieja religión que se oponen a Roma. Una tarde, sale una patrulla hacia el monte Vindius. Es el día de la luna. El procónsul ha dado su aquiescencia; no quiere supervivientes ni compasión. Los soldados caen sobre el colegio sacerdotal en pleno, reunido junto al ara. El aspecto de todas ellas es espeluznante: sus ojos brillan como llenos de fuego, algunos soldados huyen despavoridos. Los más bravos pasan a cuchillo a las mujeres. ¡Qué horror: el monte tinto en sangre! Después de la carnicería, la patrulla se aleja. Una mano se mueve en el montón de cadáveres que han dejado apilados a la intemperie: emerge una joven de la masa de carne muerta. Cuando las antorchas de los romanos desaparecen, se arrastra hacia el altar; levanta el puño, algo metálico brilla en su dedo; un anillo, ¡si pudiera verlo más de cerca! La joven está fuera de sí. Exige venganza; que la diosa haga justicia. La noche, que gobierna el valle, se convierte en día cuando se abre la Puerta y, bajo el dintel, vestidas de luz y armadas hasta los dientes, aparecen las nueve diosas de la ira capitaneadas por su Reina, portadora del tridente, cabeza de las cohortes infernales. A una orden suya, el ejército de las Tinieblas (seres sin facciones, apenas formados, sombras) ocupa el aire como un enjambre de abejas. La vieja vengadora también alza el vuelo, sacando de su vaina una daga. Pero al punto de ascender se transforman en bolas de luz que rasgan el cielo en dirección a la colonia, dibujando sobre el tapiz de estrellas estelas rojizas, de un trazado errático, que se cruzan y divergen. Oído el zumbido que producen las legiones del infierno al atravesar las nubes, los soldados de la guarnición de la muralla arrojan las lanzas. Muchos se desploman. Como plaga de langosta, caen las sombras sobre la habitación humana; del seno de la bandada se desagregan grupos de fantasmas que recorren la villa; atraviesan los muros, penetran por los agujeros de las cerraduras como gases de tósigo; revientan las fallebas, saltan las trancas; se deslizan bajo las puertas, al ras del suelo, hasta alcanzar el lugar donde duermen los primogénitos. Las madres que han acudido al escuchar el trepidar de las puertas se quedan paralizadas al ver como las alimañas espectrales parten por la mitad los cuerpos de los inocentes, o degüellan sus cuellos sin mácula. Los que están en brazos de sus progenitores son arrebatados. Los espíritus del aire sorben su sangre caliente con solaz. El espíritu que no tiene nombre se ha adueñado de las calles. Allá grita en vano el padre que ha perdido a su hijo único; allá, la mujer recién parida busca sin cesar, entre llantos, los pedazos del ser que ha traído con dolor al mundo. La orgía dura hasta que el primer rayo de sol rasga el horizonte. Entonces, la Reina de la Ira, cubierta de sangre hasta su único ojo verde, se yergue sobre la muralla y sisea como una serpiente. Lanza un silbido y la escudería del Averno, se retira…
El sol descubre el día más triste. Los cuerpos desmembrados son amontonados en el foro, en medio de un silencio que corta la respiración. He visto salir el sol varias veces: los curiales han ordenado que los epigrafistas tallen lápidas conmemorativas para recordatorio y advertencia de las generaciones futuras  “Regina irae qua vivit Vindi…” no leo más. Pero, ¿qué ocurre? ¡Maravilla de maravillas! Colocadas las lápidas, aparecen a la mañana siguiente fracturadas. Un joven lapidario esconde en un arcón los pedazos de la tabla de mármol que ha grabado, en la esquina de su taller.